Todo empezó con un anónimo. Quien lo enviaba ya tenía planeado el primer crimen. Y previsto el segundo. E incluso el tercero, puesto que enviar a un inocente a la horca también es un crimen. La primera víctima, una anciana rica muere envenenada. La herencia parece ser el móvil del crimen. Pero también los celos pueden haber impulsado al homicida. En cualquiera de los dos casos, Elinor Carlisle constituye la culpable ideal. Sin embargo, para Hércules Poirot no está tan claro y decide proceder como abogado defensor, embarcándose en una investigación en la que todo el mundo miente.
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