Por segunda vez en Styles, escenario del primer éxito de Poirot, se iba a cometer un homicidio. El autor ya había matado impunemente en cinco ocasiones. Como todos los criminales, se creía más inteligente que nadie. Y eso es algo que Poirot no puede consentir. Poirot ha vuelto a Styles porque pretende localizar a ese asesino. Pero el detective es ahora un inválido, condenado por la artrosis a una silla de ruedas y con un corazón enfermo. Lo único de su persona que se mantiene en forma es el cerebro, sutil, vivo, astuto, sagaz. Se da perfecta cuenta de que es su último caso y el que considera más interesante de todos también.
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